CUENTO PARA FRANCESC
Una vez le pregunté a mi tío Luis por qué llevaba un aro que parecía muy antiguo taladrando el lóbulo de su oreja izquierda, a modo de pendiente.
Resulta que nuestra familia por parte de padre proviene de un capitán pirata javalés. En la época en que se inicia el relato, mediados del siglo XIX, la piratería en las islas de Java y Borneo era, junto con la pesca, la principal fuente de ingresos de los habitantes de sus costas y los piratas más atrevidos llevaban sus barcos en busca de botín por mares muy alejados de sus bases, tanto que, los que conseguían doblar el cabo de Buena Esperanza, la punta sur de África, desde Oriente hacia Occidente, se colocaban un arete de oro en la oreja izquierda, como signo de su audacia. Así fue como mi tataradeudo consiguió entrar en la elite de los piratas javaleses. A partir de entonces, su familia era una de las principales de la isla y el aro, símbolo de valentía y valor, era heredado por el hijo varón primogénito generación tras generación.
Aquel antepasado no se contentó con doblar el cabo y volver sino que encaró el noroeste y subió por las costas de Angola a la búsqueda de barcos portugueses que tenían líneas comerciales en la zona pero, tan alejado de sus bases naturales, no podían tocar puerto seguro y en una tormenta perdieron el barco. Unos cuantos supervivientes pudieron llegar hasta el archipiélago de Cabo Verde, camuflándose como pescadores, hasta que pudieron pasar a las islas Canarias, donde se afincaron todos excepto mi antepasado que pasó a la península. Con el tiempo llegó a Barcelona donde, dadas sus conocimientos de navegación, se empleó en una compañía mercante que hacía la ruta de Barcelona a Génova y allí se jubiló. Desde entonces, todos los hijos mayores, al llegar a la mayoría de edad, se colocaban el aro que les pasaba su padre en la oreja izquierda en recuerdo de las gestas de aquel deudo.
CUENTO PARA JÚLIA
Mi padre me contó que un antepasado suyo fue estudiante en el imperio chino. Estudiaba para presentarse a los exámenes de mandarín y conseguir ser alto funcionario del imperio. Entonces, los mandarines tenían mucho poder porque eran los únicos que tenían conocimientos, sabían música, historia, escribir, etc. Un mes antes de la convocatoria de los exámenes los aspirantes se ponían en camino pues debían llegar hasta la capital. Era un viaje peligroso porque entonces los caminos estaban infestados de salteadores y así, las familias de una misma comarca que enviaban hijos a examinarse acostumbraban a juntarlos y pagar entre todos una guardia de dos a cuatro soldados que los protegieran, pero también eso era peligroso pues nadie podía garantizar que los soldados saliesen huyendo ante el primer ataque de los bandidos. Para evitar eso en la medida de lo posible, no les pagaban al salir sino que los estudiantes llevaban cartas dirigidas a antiguos comerciantes del pueblo que se habían ido años antes a la capital a hacer fortuna, donde los padres pedían que, si todo había ido bien, les pagasen a los soldados y ya ellos después ajustarían cuentas.
Aquel año, sin embargo, hubo una dificultad añadida: mi antepasado era una chica y eso no podía ser entendido ni por el resto de aspirantes, ni por sus familias, ni por los soldados, que se negaron a dar protección a una mujer. Como veis, la China de finales del siglo XVIII era una sociedad muy machista y no hubo manera, pese a lo mucho que insistieron sus padres que eran muy liberales y sabían lo mucho que había estudiado, de que aquella chica fuese admitida en la caravana.
Pero Xiaohua, que así se llamaba, era muy terca y la misma noche en que habían salido sus compañeros ella inició el viaje sola, caminando de noche y escondiéndose de día en el bosque. Pronto se le acabaron los víveres y aunque había estudiado muchas cosas, no sabía hacer algo tan sencillo en su pueblo como cazar así que, tras dos días sin comer más que algunas moras silvestres que encontraba, se atrevió a dirigirse a la primera casa que encontrase a pedir algo de comer. Estaba a los pies de una colina, aún a muchos días de Pekín, que resultó ser una de las montañas que los taoístas consideran sagradas y al final del camino sólo encontró una pequeña ermita donde vivía un monje que le dio de comer de la sopa que se había preparado y le dio unos pastelitos de arroz y fruta para el camino. Cuando le explicó su propósito el monje le preguntó si ser mandarín era lo que más le gustaba y ella le dijo que no, que lo que más quería era ser marino, pero que vivía en el interior y no conocía el mar más que por los libros, y el monje le contestó: desde aquí el mar está más cerca que Pekín.
Aquella noche decidió cambiar su rumbo y guió sus pasos hacia la costa. Desde allí partió en un velero que hacía rutas mercantes por todo el mar de China y recaló en las islas Filipinas, entonces españolas, desde donde llegó hasta la península y se casó. Vivió en Tarragona y fue la tatarabuela de mi padre.
Mi padre me contó que un antepasado suyo fue estudiante en el imperio chino. Estudiaba para presentarse a los exámenes de mandarín y conseguir ser alto funcionario del imperio. Entonces, los mandarines tenían mucho poder porque eran los únicos que tenían conocimientos, sabían música, historia, escribir, etc. Un mes antes de la convocatoria de los exámenes los aspirantes se ponían en camino pues debían llegar hasta la capital. Era un viaje peligroso porque entonces los caminos estaban infestados de salteadores y así, las familias de una misma comarca que enviaban hijos a examinarse acostumbraban a juntarlos y pagar entre todos una guardia de dos a cuatro soldados que los protegieran, pero también eso era peligroso pues nadie podía garantizar que los soldados saliesen huyendo ante el primer ataque de los bandidos. Para evitar eso en la medida de lo posible, no les pagaban al salir sino que los estudiantes llevaban cartas dirigidas a antiguos comerciantes del pueblo que se habían ido años antes a la capital a hacer fortuna, donde los padres pedían que, si todo había ido bien, les pagasen a los soldados y ya ellos después ajustarían cuentas.
Aquel año, sin embargo, hubo una dificultad añadida: mi antepasado era una chica y eso no podía ser entendido ni por el resto de aspirantes, ni por sus familias, ni por los soldados, que se negaron a dar protección a una mujer. Como veis, la China de finales del siglo XVIII era una sociedad muy machista y no hubo manera, pese a lo mucho que insistieron sus padres que eran muy liberales y sabían lo mucho que había estudiado, de que aquella chica fuese admitida en la caravana.
Pero Xiaohua, que así se llamaba, era muy terca y la misma noche en que habían salido sus compañeros ella inició el viaje sola, caminando de noche y escondiéndose de día en el bosque. Pronto se le acabaron los víveres y aunque había estudiado muchas cosas, no sabía hacer algo tan sencillo en su pueblo como cazar así que, tras dos días sin comer más que algunas moras silvestres que encontraba, se atrevió a dirigirse a la primera casa que encontrase a pedir algo de comer. Estaba a los pies de una colina, aún a muchos días de Pekín, que resultó ser una de las montañas que los taoístas consideran sagradas y al final del camino sólo encontró una pequeña ermita donde vivía un monje que le dio de comer de la sopa que se había preparado y le dio unos pastelitos de arroz y fruta para el camino. Cuando le explicó su propósito el monje le preguntó si ser mandarín era lo que más le gustaba y ella le dijo que no, que lo que más quería era ser marino, pero que vivía en el interior y no conocía el mar más que por los libros, y el monje le contestó: desde aquí el mar está más cerca que Pekín.
Aquella noche decidió cambiar su rumbo y guió sus pasos hacia la costa. Desde allí partió en un velero que hacía rutas mercantes por todo el mar de China y recaló en las islas Filipinas, entonces españolas, desde donde llegó hasta la península y se casó. Vivió en Tarragona y fue la tatarabuela de mi padre.
CUENTO PARA ANDREA
Mi padre siempre me contó que un tatarabuelo suyo había sido espía del bey de Túnez, a finales del siglo XIX y que había sido enviado en una misión secreta para resolver un incidente diplomático que amenazaba con provocar un conflicto bélico. Resultó que un pesquero de la isla de Alborán se perdió durante una tormenta y apareció en una playa de lo que hoy es Hamamet, un golfo al este de Túnez. Sus tripulantes fueron rescatados por unos pescadores de la costa y entregados al emir de la provincia que los vendió a una tribu de bereberes que decidieron pedir un rescate. En aquella época el poder del bey era más nominal que efectivo y el emir era un sátrapa local que no le debía excesivo respeto, así que los pescadores andaluces acabaron en el Sáhara y llegó un mensaje a la cancillería española exigiendo un rescate. Al gobierno español le daba igual la vida de siete pescadores alboranenses pero no podía consentir la humillación y exigió al bey la devolución sanos y salvos de los secuestrados, amenazando con bombardear la ciudad de Túnez, capital del país, para lo que ordenó aparejar un barco de guerra que hizo zarpar de la dársena de Alicante con rumbo al sur. El bey reclamó a sus emires que localizasen y entregasen rápidamente a los españoles pero, sabedor de que aquellos hombres del desierto los podían haber llevado a cualquier lugar de lo que hoy es Libia, Argelia, Marruecos o el Sáhara Occidental, decidió enviar un emisario a Madrid con presentes y cartas de buena voluntad.
Y así fue como mi retatarabuelo, que tenía veintidós años, partió del puerto de Túnez hacia Melilla y de allí hasta Sevilla. Tardó un mes en llegar a la corte de Madrid con credenciales diplomáticas (lo habían nombrado antes de partir ministro plenipotenciario), cargado de regalos para el rey de España, con un séquito de doce notables y sus criados, en total más de cuarenta personas, que quedaron en la corte madrileña como rehenes, hasta que volvieran los secuestrados. Se tardó un año en localizarlos y rescatarlos y habían sufrido tantas penalidades que tres de ellos fallecieron antes de lograr la libertad. Entretanto los tunecinos se habían instalado en Madrid y cuando se resolvió el contencioso con la entrega al gobernador militar de Melilla de los cuatro supervivientes, algunos de ellos entre los que estaba mi antepasado, decidieron quedarse. Tarik, que así se llamaba, conoció a la que sería su mujer y se casó con ella. Trabajó como traductor para el ministerio de Asuntos Exteriores pues sabía árabe culto, bereber, francés, turco y se defendía en los dialectos árabes del sur del mediterráneo. Luego se interesó por la política pero militó en grupos liberales lo que le hizo perder el empleo y acabaron sus días como porteros de una finca del centro de Madrid.
Yo siempre le preguntaba a mi padre que cómo sabía esta historia y él me contestaba que, en un sueño, había viajado en el tiempo hasta una casa de Túnez donde había conocido a Tarik antes de venir a la península y que allí había fotos de él y su familia. Este año he hecho un viaje a Túnez y en una casa de Susa que se puede visitar como museo vi unas fotos de fines del siglo XIX de una familia tunecina. Entre sus miembros había un joven que era clavado a mi padre, vestido con ropas occidentales y tocado con gorro turco junto a otros, vestidos con chilabas y turbantes. Yo siempre pensaba que mi padre se inventaba las historias que nos contaba a mis hermanos y a mí y ésta resultó ser verdad.
Mi padre siempre me contó que un tatarabuelo suyo había sido espía del bey de Túnez, a finales del siglo XIX y que había sido enviado en una misión secreta para resolver un incidente diplomático que amenazaba con provocar un conflicto bélico. Resultó que un pesquero de la isla de Alborán se perdió durante una tormenta y apareció en una playa de lo que hoy es Hamamet, un golfo al este de Túnez. Sus tripulantes fueron rescatados por unos pescadores de la costa y entregados al emir de la provincia que los vendió a una tribu de bereberes que decidieron pedir un rescate. En aquella época el poder del bey era más nominal que efectivo y el emir era un sátrapa local que no le debía excesivo respeto, así que los pescadores andaluces acabaron en el Sáhara y llegó un mensaje a la cancillería española exigiendo un rescate. Al gobierno español le daba igual la vida de siete pescadores alboranenses pero no podía consentir la humillación y exigió al bey la devolución sanos y salvos de los secuestrados, amenazando con bombardear la ciudad de Túnez, capital del país, para lo que ordenó aparejar un barco de guerra que hizo zarpar de la dársena de Alicante con rumbo al sur. El bey reclamó a sus emires que localizasen y entregasen rápidamente a los españoles pero, sabedor de que aquellos hombres del desierto los podían haber llevado a cualquier lugar de lo que hoy es Libia, Argelia, Marruecos o el Sáhara Occidental, decidió enviar un emisario a Madrid con presentes y cartas de buena voluntad.
Y así fue como mi retatarabuelo, que tenía veintidós años, partió del puerto de Túnez hacia Melilla y de allí hasta Sevilla. Tardó un mes en llegar a la corte de Madrid con credenciales diplomáticas (lo habían nombrado antes de partir ministro plenipotenciario), cargado de regalos para el rey de España, con un séquito de doce notables y sus criados, en total más de cuarenta personas, que quedaron en la corte madrileña como rehenes, hasta que volvieran los secuestrados. Se tardó un año en localizarlos y rescatarlos y habían sufrido tantas penalidades que tres de ellos fallecieron antes de lograr la libertad. Entretanto los tunecinos se habían instalado en Madrid y cuando se resolvió el contencioso con la entrega al gobernador militar de Melilla de los cuatro supervivientes, algunos de ellos entre los que estaba mi antepasado, decidieron quedarse. Tarik, que así se llamaba, conoció a la que sería su mujer y se casó con ella. Trabajó como traductor para el ministerio de Asuntos Exteriores pues sabía árabe culto, bereber, francés, turco y se defendía en los dialectos árabes del sur del mediterráneo. Luego se interesó por la política pero militó en grupos liberales lo que le hizo perder el empleo y acabaron sus días como porteros de una finca del centro de Madrid.
Yo siempre le preguntaba a mi padre que cómo sabía esta historia y él me contestaba que, en un sueño, había viajado en el tiempo hasta una casa de Túnez donde había conocido a Tarik antes de venir a la península y que allí había fotos de él y su familia. Este año he hecho un viaje a Túnez y en una casa de Susa que se puede visitar como museo vi unas fotos de fines del siglo XIX de una familia tunecina. Entre sus miembros había un joven que era clavado a mi padre, vestido con ropas occidentales y tocado con gorro turco junto a otros, vestidos con chilabas y turbantes. Yo siempre pensaba que mi padre se inventaba las historias que nos contaba a mis hermanos y a mí y ésta resultó ser verdad.