martes 30 de septiembre de 2008

TRES CUENTOS


CUENTO PARA FRANCESC


Una vez le pregunté a mi tío Luis por qué llevaba un aro que parecía muy antiguo taladrando el lóbulo de su oreja izquierda, a modo de pendiente.

Resulta que nuestra familia por parte de padre proviene de un capitán pirata javalés. En la época en que se inicia el relato, mediados del siglo XIX, la piratería en las islas de Java y Borneo era, junto con la pesca, la principal fuente de ingresos de los habitantes de sus costas y los piratas más atrevidos llevaban sus barcos en busca de botín por mares muy alejados de sus bases, tanto que, los que conseguían doblar el cabo de Buena Esperanza, la punta sur de África, desde Oriente hacia Occidente, se colocaban un arete de oro en la oreja izquierda, como signo de su audacia. Así fue como mi tataradeudo consiguió entrar en la elite de los piratas javaleses. A partir de entonces, su familia era una de las principales de la isla y el aro, símbolo de valentía y valor, era heredado por el hijo varón primogénito generación tras generación.

Aquel antepasado no se contentó con doblar el cabo y volver sino que encaró el noroeste y subió por las costas de Angola a la búsqueda de barcos portugueses que tenían líneas comerciales en la zona pero, tan alejado de sus bases naturales, no podían tocar puerto seguro y en una tormenta perdieron el barco. Unos cuantos supervivientes pudieron llegar hasta el archipiélago de Cabo Verde, camuflándose como pescadores, hasta que pudieron pasar a las islas Canarias, donde se afincaron todos excepto mi antepasado que pasó a la península. Con el tiempo llegó a Barcelona donde, dadas sus conocimientos de navegación, se empleó en una compañía mercante que hacía la ruta de Barcelona a Génova y allí se jubiló. Desde entonces, todos los hijos mayores, al llegar a la mayoría de edad, se colocaban el aro que les pasaba su padre en la oreja izquierda en recuerdo de las gestas de aquel deudo.


CUENTO PARA JÚLIA


Mi padre me contó que un antepasado suyo fue estudiante en el imperio chino. Estudiaba para presentarse a los exámenes de mandarín y conseguir ser alto funcionario del imperio. Entonces, los mandarines tenían mucho poder porque eran los únicos que tenían conocimientos, sabían música, historia, escribir, etc. Un mes antes de la convocatoria de los exámenes los aspirantes se ponían en camino pues debían llegar hasta la capital. Era un viaje peligroso porque entonces los caminos estaban infestados de salteadores y así, las familias de una misma comarca que enviaban hijos a examinarse acostumbraban a juntarlos y pagar entre todos una guardia de dos a cuatro soldados que los protegieran, pero también eso era peligroso pues nadie podía garantizar que los soldados saliesen huyendo ante el primer ataque de los bandidos. Para evitar eso en la medida de lo posible, no les pagaban al salir sino que los estudiantes llevaban cartas dirigidas a antiguos comerciantes del pueblo que se habían ido años antes a la capital a hacer fortuna, donde los padres pedían que, si todo había ido bien, les pagasen a los soldados y ya ellos después ajustarían cuentas.

Aquel año, sin embargo, hubo una dificultad añadida: mi antepasado era una chica y eso no podía ser entendido ni por el resto de aspirantes, ni por sus familias, ni por los soldados, que se negaron a dar protección a una mujer. Como veis, la China de finales del siglo XVIII era una sociedad muy machista y no hubo manera, pese a lo mucho que insistieron sus padres que eran muy liberales y sabían lo mucho que había estudiado, de que aquella chica fuese admitida en la caravana.

Pero Xiaohua, que así se llamaba, era muy terca y la misma noche en que habían salido sus compañeros ella inició el viaje sola, caminando de noche y escondiéndose de día en el bosque. Pronto se le acabaron los víveres y aunque había estudiado muchas cosas, no sabía hacer algo tan sencillo en su pueblo como cazar así que, tras dos días sin comer más que algunas moras silvestres que encontraba, se atrevió a dirigirse a la primera casa que encontrase a pedir algo de comer. Estaba a los pies de una colina, aún a muchos días de Pekín, que resultó ser una de las montañas que los taoístas consideran sagradas y al final del camino sólo encontró una pequeña ermita donde vivía un monje que le dio de comer de la sopa que se había preparado y le dio unos pastelitos de arroz y fruta para el camino. Cuando le explicó su propósito el monje le preguntó si ser mandarín era lo que más le gustaba y ella le dijo que no, que lo que más quería era ser marino, pero que vivía en el interior y no conocía el mar más que por los libros, y el monje le contestó: desde aquí el mar está más cerca que Pekín.

Aquella noche decidió cambiar su rumbo y guió sus pasos hacia la costa. Desde allí partió en un velero que hacía rutas mercantes por todo el mar de China y recaló en las islas Filipinas, entonces españolas, desde donde llegó hasta la península y se casó. Vivió en Tarragona y fue la tatarabuela de mi padre.

CUENTO PARA ANDREA


Mi padre siempre me contó que un tatarabuelo suyo había sido espía del bey de Túnez, a finales del siglo XIX y que había sido enviado en una misión secreta para resolver un incidente diplomático que amenazaba con provocar un conflicto bélico. Resultó que un pesquero de la isla de Alborán se perdió durante una tormenta y apareció en una playa de lo que hoy es Hamamet, un golfo al este de Túnez. Sus tripulantes fueron rescatados por unos pescadores de la costa y entregados al emir de la provincia que los vendió a una tribu de bereberes que decidieron pedir un rescate. En aquella época el poder del bey era más nominal que efectivo y el emir era un sátrapa local que no le debía excesivo respeto, así que los pescadores andaluces acabaron en el Sáhara y llegó un mensaje a la cancillería española exigiendo un rescate. Al gobierno español le daba igual la vida de siete pescadores alboranenses pero no podía consentir la humillación y exigió al bey la devolución sanos y salvos de los secuestrados, amenazando con bombardear la ciudad de Túnez, capital del país, para lo que ordenó aparejar un barco de guerra que hizo zarpar de la dársena de Alicante con rumbo al sur. El bey reclamó a sus emires que localizasen y entregasen rápidamente a los españoles pero, sabedor de que aquellos hombres del desierto los podían haber llevado a cualquier lugar de lo que hoy es Libia, Argelia, Marruecos o el Sáhara Occidental, decidió enviar un emisario a Madrid con presentes y cartas de buena voluntad.

Y así fue como mi retatarabuelo, que tenía veintidós años, partió del puerto de Túnez hacia Melilla y de allí hasta Sevilla. Tardó un mes en llegar a la corte de Madrid con credenciales diplomáticas (lo habían nombrado antes de partir ministro plenipotenciario), cargado de regalos para el rey de España, con un séquito de doce notables y sus criados, en total más de cuarenta personas, que quedaron en la corte madrileña como rehenes, hasta que volvieran los secuestrados. Se tardó un año en localizarlos y rescatarlos y habían sufrido tantas penalidades que tres de ellos fallecieron antes de lograr la libertad. Entretanto los tunecinos se habían instalado en Madrid y cuando se resolvió el contencioso con la entrega al gobernador militar de Melilla de los cuatro supervivientes, algunos de ellos entre los que estaba mi antepasado, decidieron quedarse. Tarik, que así se llamaba, conoció a la que sería su mujer y se casó con ella. Trabajó como traductor para el ministerio de Asuntos Exteriores pues sabía árabe culto, bereber, francés, turco y se defendía en los dialectos árabes del sur del mediterráneo. Luego se interesó por la política pero militó en grupos liberales lo que le hizo perder el empleo y acabaron sus días como porteros de una finca del centro de Madrid.

Yo siempre le preguntaba a mi padre que cómo sabía esta historia y él me contestaba que, en un sueño, había viajado en el tiempo hasta una casa de Túnez donde había conocido a Tarik antes de venir a la península y que allí había fotos de él y su familia. Este año he hecho un viaje a Túnez y en una casa de Susa que se puede visitar como museo vi unas fotos de fines del siglo XIX de una familia tunecina. Entre sus miembros había un joven que era clavado a mi padre, vestido con ropas occidentales y tocado con gorro turco junto a otros, vestidos con chilabas y turbantes. Yo siempre pensaba que mi padre se inventaba las historias que nos contaba a mis hermanos y a mí y ésta resultó ser verdad.

lunes 4 de agosto de 2008

El Banco de Venezuela

EL BANCO DE VENEZUELA


Hace ocho años, el gobierno de Venezuela decide privatizar un banco hasta entonces público. Lo vende a un grupo bancario español, que lo compra, supongo que con unos compromisos de respeto de la plantilla, de presentación de un plan empresarial coherente y, por lo publicado recientemente, con la obligación de solicitar anualmente permiso para repatriar a España los beneficios obtenidos de su actividad, permiso que cada año se le ha ido concediendo. Al cabo de estos ocho años, se conoce el interés de un banquero local en adquirir ese mismo banco, el Banco de Venezuela, se llama, y el gobierno de aquel país le dice al Banco de Santander, que es grupo español que lo compró en su día que espere un momento, que fue invitado a participar en una puja para penetrar en el mercado venezolano, que se le vendió un banco consolidado y extendido en todo el país, para que hiciera banca, todo lo bien y eficazmente que supiera y lograra beneficios de dicha actividad. No se le vendió un patrimonio público, propiedad última de todos los venezolanos, para hacer un “pelotazo”, sino para hacer banca. Así que, si ahora el Banco de Santander considera que no le interesa estar en el mercado venezolano y quiere vender dicha herramienta de trabajo, se debe dirigir al gobierno de aquel país y pactar un justo precio para que dicha propiedad revierta en su anterior propietario, que decidirá si vuelve a ser de titularidad pública o se vuelve a ofrecer en puja a otros grupos bancarios interesados en tener presencia directa en el país.

Explicado esto, no consigo entender por qué es tan mala noticia que ocurra lo que está ocurriendo. No se ha expropiado a un precio injusto una propiedad a nadie, sólo se le ha indicado cual es el camino correcto para deshacer ordenadamente su inversión. ¿Por qué se presenta esto como una ocurrencia de Chávez, una gansada más? ¿Por qué se aprovecha para presentarlo como un sátrapa iletrado que hace daño a la coherencia del mercado? Precisamente hoy, día 4 de agosto de 2008 un editorial de El País, redunda en esa idea, defendiendo que es una mala noticia la intervención en sí, sin calibrar si es una buena o mala idea. Sacralizando el discurso de que los gobiernos no están para meterse en estas cosas. Si el Banco de Santander compra por cuatro y vende por ocho a un banquero que, al comprar a un grupo privado, no está obligado por las condiciones en que se hizo la privatización inicialmente, loado sea el dios de los mercados y sálvese el que pueda. Pues, sinceramente, veo mucho más coherente y eficaz, en la defensa de los intereses del país, la reacción que ha tenido el gobierno venezolano. Ojalá la eficaz banca pública que había en España hasta los años 80 hubiera continuado existiendo y revirtiendo sus ganancias a la comunidad. En vez de eso, se malvendió haciendo un paquete que ahora es la “A” (Argentaria) del grupo BBVA, paquete en el que entró hasta un banco que pertenecía a los sindicatos que lo habían heredado del sindicato vertical de la dictadura (el Banco Rural y Mediterráneo). Supongo que los economistas liberales están mucho más tranquilos ahora que aquella institución está en manos de banqueros de toda la vida. ¿Para qué querían un banco los sindicatos? ¿Qué iban a hacer con él, pobrecitos, si no saben ni hacer la o con un canuto?

jueves 19 de junio de 2008

La República y Bono

¿No os preguntáis qué vio de ilegal Bono en la exhibición de una bandera de la República Española durante una recepción que se hizo en el Congreso de los Diputados a antiguos presos políticos de la dictadura? Yo aún le estoy dando vueltas, porque lo único que pasó es que uno de aquellos invitados agitó la enseña que representaba a la legalidad anterior a la actual, ni más ni menos y que, como tal, merece todo el respeto. Porqué se atrevió a reñirle como a un colegial, diciendo que aquella bandera constituía una ilegalidad. Es una enseña que representó a España durante un tiempo, sustituida luego por otra. Cada cual que se quede con la que le emociona si es que le emociona alguna, pero ¿qué tiene de ilegal la republicana? Su actitud me recordó la de un cargo de la Federación Española de tenis que durante la presentación de los equipos en una eliminatoria de la Copa Davis y, cuando debía sonar el actual himno de España y en su lugar sonó el anterior himno de España, se puso a agitar los brazos simiescamente para intentar que los jugadores abandonasen su postura respetuosa, mientras negaba con la cabeza. Un histrión. Eran tiempos de gobierno de Aznar y supongo que, entre sus convicciones, estaba la de que aquello era ilegal, pero que también lo esté en el cerebro de un miembro del PSOE me extraña. Sabéis que creo. Que salió el hijo del falangista. Yo he leído a ese señor en entrevistas asegurando que su padre, pese a ser falangista durante la guerra y posteriormente, era una buena persona que le enseñó firmes valores. Es evidente que esa afirmación no es creíble. En aquellos años no se podía ser falangista y buena persona,. Era una contradicción. Eran los delatores, los que fusilaban, los que torturaban, los que robaron niños. Si el padre de Bono fue secuaz con esa gente y no sólo no abandonó su militancia sino que la mantuvo toda su vida, es que fue mala persona. Y esa mala persona debió inculcarle al presidente del Congreso en su infancia que los símbolos de España que ellos consiguieron sustituir, eran “ilegales”. Qué pena que nadie en su partido le haya sacado de su error y le haya aconsejado pedir disculpas.

viernes 6 de junio de 2008

Poemas

Arrastraba una razón inexplicable
como quien tira de una pesada maleta,
dirigido a las colinas doradas
que resplandecían como estrellas.
Tomaba de la lluvia las cadencias
y hablaba así con todas las distancias,
presuroso en la voz, divertido en las esperas.
Y con puntualidad astral,
cambiaba de mano la cabeza
o la llevaba rodando por el suelo,
sin importarle el deterioro de los ojos.
Escupía de vez en cuando
y lanzaba por su boca cometas
de cola luminosa y venenosa.
Titán de los espacios, inexplicable monstruo,
buen genio incomprendido y repugnante,
pisaba los planetas buscando luz en Io
u oscuridad en Beta,
como un contradictorio místico
lector de todas las Utopías.
Y no era más que un engendro universal
que yacerá bajo un océano o, tal vez,
dé forma a una montaña.
Arrastró sus razones,
que nadie se explicaba,
y murió solitario, sobre ellas.



Subuyo que sube, tienta, vuela
y luego baja sin mover un dedo
de su inimaginable anatomía.
Mirando al sol,
tal como lo dejaron
cuando se les aconsejó que lo parieran,
vestido de color verde y granate.
Y aún tenía algo comparable a nuestros ojos.
Mirando al sol,
se los dejó en el aire.
¿Dónde estarán los ojos de Subuyo?
¿Qué manantial engrosan? ¿Qué misterio
han querido cerrarle a su mirada?.
Y él sigue, sube, tienta y vuela,
mirando al sol,
indagador cegado,
acusador implacable de una afrenta.
¿Dónde estarán los ojos de Subuyo?



SUEÑO ESTELAR
De una cúpula neoclásica
goteaba viscosamente el tiempo
que minuto a milenio
la había cubierto.
Y entre las sombras,
caminaba el silencio, pesaroso,
acumulando orejas desprendidas,
innecesarias,
Ni tan siquiera la castración había bastado,
había sido necesario
más,
castrar las lenguas,
los cerebros,
los sonrientes espíritus
y las lógicas sinrazones.
Y ahora, el tiempo y el silencio,
se materializaban sobre restos
antropológicamente deformados y tristes.
Habían tomado cuerpo,
lechosos y repugnantes,
vomitando muerte sobre la muerte,
saludando cínicamente cada amanecer.

martes 11 de diciembre de 2007

Caribe

EL CARIBE

La cortina se movía rítmicamente, con una cadencia marcada por el viento que afuera batía las ramas del árbol con furia. Pero, en pasando la ventana, se amansaba y daba a la tela un compás de bolero. Siempre pensaba entonces que algo similar debió notar Olga Guillot cuando era joven y combatía el calor regando la sábana, allí en La Habana.
Ahora se evadía con sueños caribes y sentía no tener alguien a mano para contarle sus años pasados. A poder ser alguien nuevo, con la sorpresa y las ganas de escucharle por estrenar, porque a los conocidos ya los había usado muchas veces y, cuando accedían a oírle, le contradecían y le impedían añadir nuevos personajes o situaciones. Eso le enfurecía pues, si lo que querían era una repetición, que hubiesen llevado una grabadora la vez anterior. No entendían que Olga nunca cantó dos veces igual un mismo bolero.
. . .
El aire se había calmado y ahora hacía bochorno. Conectó el ventilador colonial que había instalado en el techo y empezó a recordar.
Allí donde iba, siempre había un gran ventilador de aspas. Desde el mejor hotel hasta el burdel más barato, siempre le acariciaba la brisa mecánica, tan caliente a veces que conseguía acelerar el sudor, que secaba con gesto indolente con pañuelos de un blanco inmaculado. Era un dandy y se consideraba guapo. Sabía que atraía a las mujeres por su belleza triste, que aprendió a aparentar tras haber vivido con ella sin saberlo durante años. Pero sólo rendía a las mujeres blancas, porque a las mulatas y a las prietas no las atraía en absoluto y debía pagar si quería gozar de sus labios carnosos y sus caderas hospitalarias, de sus cinturas de avispa y sus vientres duros, firmes de tanto bailar, de sus muslos tallados en basalto. ¿Aquéllas mulatas!. Nunca consiguió que una sola perdiese por él la cabeza, él, que la perdió por tantas. La primera plancha eléctrica que llegó a La Habana se la regaló a una prieta de no más de quince años, que le agradeció la distinción con una noche de son horizontal. Lo cabalgó con el mismo frenesí con que bailaban en el cabaré las rumbas, él, vestido de blanco hasta la corbata, con solo la cinta negra del sombrero como seña de distinción, orgulloso de aquella chiquilla que era hija de dioses africanos, para la que sólo fue el canal por el que llegó una plancha eléctrica.

. . .
Quiso ser muchas cosas y las habría sido si, después de la foto, la única foto que conservaba de la niñez, hubiera podido seguir con el puño en alto. Pero no pudo y supo, o intuyó, que debía olvidarse de aquello en cuanto le cambiaron el nombre a las calles y las plazas. Sería un vencido y se aplicó a la tarea. Por eso la vida empezó cuando en medio del mar, enrolado en aquel carguero, vomitaba su mareo por enésima vez. A partir de ahí, recuerda. Conoció amigos que suplieron a los que, en la niñez, escarbaban en la tristeza. Los nuevos estaban instalados en la alegría. Para él, esa sería su infancia a partir de entonces, bebiendo en los puertos, cambiando de idioma y de barco constantemente. Recuperó la risa y la emoción de la travesura y así, pasó de ser un niño triste y maduro a ser un hombre alegre e inconsciente.
Y desde esa inconsciencia en la que se instaló, comenzó a colaborar con los compatriotas vencidos que no se resignaban. Nada importante: llevar notas o informes, seguir a alguien, recoger mensajes o participar en reuniones donde entendía bien poco de lo que hablaban, todos mayores que él. Y cuando le afeaban su carencia ideológica llamándole nihilista o carbonario, palabras que no entendía pero que le sonaban de maravilla, él se encogía de hombros y les decía que hablaban de algo que no había conocido: "¿Qué guerra?, ¿qué hambre?, ¿qué represión?. Yo nací en un barco en alta mar. Cortaron mi cordón umbilical con un puñal javalés de cachas de carey, reservado para dar la vida a los príncipes y quitársela a los reyes. Saludó mi venida al mundo una tripulación asiática con ritos que ya se habían abandonado en sus islas. . .". A estas alturas lo echaban de la reunión y él marchaba aliviado a beber cócteles y seguir contando su historia a las mulatas sin prisa o a las blancas con ganas de juerga.
Y cuando le dijeron que tenían una misión para él allí, aceptó sonriente, como siempre, pero en su interior notó una inquietud, como si un mago con poderes arcanos le invitase a regresar a una vida anterior. Volvió, cayó y calló, a pesar de la insistencia, hasta que lo dejaron en paz. Luego buscó un puerto y unas tabernas, pero el ron era matarratas, las putas tristes e impacientes y no había tripulaciones indonesias con anillos en las orejas. Era como si le hubieran encerrado en el negativo de una fotografía de cualquier puerto que había conocido. Fumaba caldo de gallina, ¡él, que siempre llevaba un puro en la boca y otro asomando por el bolsillo superior de la americana!
Durante un tiempo largo no pudo refugiarse en sus historias, pues a nadie le importaba escucharle. En cuanto pudo instalarse mejor, compró un giradiscos y un montón de vinilos de Olga Guillot y, gracias al capitán de un barco marsellés que tocaba puerto dos veces al mes, consiguió ron del Caribe y se compró un ventilador de techo y una cama de cabezal dorado. Y con todo eso se encerraba entonces y, cuando había suerte, en los raros días de vendabal, abría la ventana y corría la cortina, tumbándose en la cama para asombrarse de nuevo viendo como el viento huracanado se transformaba en una dulce brisa tras el dintel, que hacía bailar a la cortina el bolero de Olga.

jueves 6 de diciembre de 2007

La taquillera





La taquillera



La única chica que he conocido de la que podías estar seguro de que había tenido un orgasmo era una taquillera del Barça. Premiaba sus orgasmos con entradas para los partidos y todos sus conocidos nos esforzábamos en demorar la eyaculación hasta que sus gritos, convulsiones y arañazos confirmaban que veríamos el próximo “derby”. Era muy legal, por mucho interés que le pusieras, si no la subías a las nubes no había nada que hacer. Te despedía diciendo “No has estado mal” o “Seguro que la próxima vez lo consigues” y cosas así, pero no transigía. Gracias a ella y a la búsqueda de retardadores de la eyaculación conocí las técnicas taoístas del sexo, pues no admitía que te presentaras con el falo pringado de cremas pretendidamente narcotizantes ni que espolvoreases la cazoleta del glande con unos polvillos de cocaína, remedios habituales en aquel entonces.
Como era la época del “Dream Team”, había mucho interés en ir al Camp Nou, no como ahora que si te pierdes un partido no pasa nada. Nunca agradeceré lo suficiente a Lao Tze y a las consejeras áulicas del Emperador Amarillo su ayuda en conseguir entrada para un Barça-Madrid que se pagaban en la reventa a más de 100.000 pesetas de entonces. Yo me sentía muy orgulloso de mis técnicas amatorias mientras, sentado en la grada, contemplaba a toda la muchedumbre que se había dejado los cuartos en la taquilla y pensaba “Pobres, tendiendo que pagar por lo que yo consigo con un golpe de polla”. Por otra parte, y para demostrar que esto del orgasmo no es una ciencia exacta, me perdí una final de Copa de la UEFA a cuya consecución me presenté con mucha confianza. Estaba relajado, descansado y no tenía el cuerpo muy golfo, por lo que suponía que no tendría ningún problema en aplicar la respiración adecuada y el ritmo fricativo necesario para evitar correrme antes de tiempo. Además, las últimas cuatro veces las contaba como éxitos y me daba la impresión de que ella ya se presentaba rendida a mis habilidades, muy predispuesta a “orgasmar”. Y ahí estuvo el error. Inventé el neologismo orgasmar y me dejé llevar por su sonido interior. Su solo pensamiento me hizo recordar a una novia argentina que había tenido, pues, no sé por qué decidí que sonaba a palabra argentina. Me imaginé a mi antigua novia, que como rioplatense que era tenía una voz muy sensual, susurrante en su pronunciación y un pelín aguda, preguntándome “¿orgasmaste ya?” y, si me pareció cómico al inicio, enseguida me produjo inquietudes psicalípticas. Me ponía a cien pensar en ella diciendo semejante tontería. Me dio por imaginarme penetrándola vaginalmente pero desde atrás, a cuatro patas y ella, agitando su melena sobre el hombro izquierdo mientras se volvía por el derecho y me hacía la fatídica pregunta. Yo, que sólo me había parado para que me pidiese más actividad, al oírla me corría irremediablemente y esa imagen se me repitió una y otra vez desde antes de meterme en la cama con mi taquillera. No hubo manera de quitarme de la cabeza aquella escena inventada y, pese a que apliqué el Tao y las técnicas más rupestres de morderme los puños y pellizcarme los antebrazos, sufrí el mayor gatillazo de mi vida. Ella se quedó muy cortada pero no hubo excepciones. Pienso que este incidente me hizo aborrecer el fútbol. Nunca he vuelto a ver un partido, ni siquiera por televisión.

domingo 21 de octubre de 2007

La memoria histórica

Hola, abuelo:

No nos conocemos porque te mataron en Madrid a los pocos días de entrar allí los mal llamados nacionales. Por lo que sé te hicieron un simulacro de juicio y te fusilaron.

Ahora se habla mucho de aquello porque hace setenta años que comenzó la guerra. Parece que cuando hizo sesenta, o sesenta y cinco, o sesenta y seis no había que hablar tanto ni hacía falta recuperar la memoria de aquellos hechos y ahora sí. Ve a saber por qué.

El caso es que quieren aprobar una ley que proclame el reconocimiento de los muertos y castigados por defender la legalidad republicana enfrentándose al fascismo internacional, representado en España por los golpistas, los falangistas, los requetés...,ya sabes, todos aquellos contra los que luchaste. Pero la redactan con tanto cuidado de no ofender a los fascistas que aún viven y a sus herederos, familiares o políticos, que avergüenza leer el proyecto. Así, resulta que no van a anular los juicios a los que os sometieron, ¡sólo habrá una declaración asegurando que no fueron especialmente ecuánimes! Mientras la dictadura anuló en un solo decreto todo el corpus legislativo de la república y los actos jurídicos derivados de él, volviendo, por ejemplo, a ser solteros los que se habían casado según la legislación laica republicana y convirtiendo a hijos reconocidos en naturales, la legalidad democrática actual no puede declarar ilegales y por tanto nulos, aquellos juicios de ópera bufa, que avergüenzan e insultan a la inteligencia y a la dignidad. ¡Ya ves!

Otro detalle: El gobierno central aconsejará a los gobiernos autonómicos y municipales que se facilite la búsqueda y apertura de las fosas comunes donde estáis enterrados tantos republicanos. O sea que donde gobierne el partido que representa a la derecha, heredero ideológico de aquellos fascistas, se van a reír del consejo. No hace mucho uno de esos ayuntamientos ha removido la tierra donde había una de esas fosas y ha tirado los restos hallados en una cantera aledaña, sin que se haya detenido a nadie. Además, donde dejen desenterraros, los gastos serán por cuenta de los que pidan tal reparación. . .

Aunque no te lo creas, siguen habiendo en España miles de calles que llevan los nombres de los golpistas, asesinos, torturadores, traidores a la República y demás ralea y no se ha indagado cuales de sus fortunas se hicieron mediante el robo y el expolio de los vencidos, para intentar una reparación. No, nada de eso contempla la norma que te comento.

Así que, ante este panorama, te escribo para que estés tranquilo. Que ni tus hijos ni tus nietos van a añadir humillación a la injusticia y no van a pedir reparaciones morales ni pensiones dinerarias. Ni van a suplicar a una justicia que parece más heredera de aquella dictatorial que nacida de la democracia que proclame que tu juicio, pese a seguir siendo válido, fue injusto. ¡Como si hiciesen falta cinco “notables” para que digan eso!

La mejor reparación sería que se publicase tu sentencia y se pudiese leer quienes fueron los fascistas que te condenaron. A lo mejor sus hijos son ministros o “consellers” Ve tú a saber. Pues bien, eso tampoco estará permitido. No se vayan a molestar sus familiares.

Bueno, te dejo informado de cómo están las cosas en la España democrática. Un último comentario. A lo mejor te has creído que gobierna el partido de la derecha cuyos cuadros se nutren de los hijos y nietos de los golpistas y falangistas. Pues no. Tanto en el gobierno central como en el de Cataluña gobierna el partido socialista. Sí, de verdad. ¿A que no lo hubieras dicho nunca?

Salud y república, abuelo.